El Nutriscore es un sistema de etiquetado de los alimentos que se utiliza en Europa y que a través de un semáforo de colores, los identifica como más o menos saludables según la cantidad de azúcares, sodio, calorías y grasas saturadas que contiene.
Surgió a partir del año 2006 a raíz del primer etiquetado de este estilo que realizó la Food Standards Agency en el Reino Unido. El objetivo era facilitar la toma de decisiones del consumidor en el momento de la compra, pero el semáforo británico en realidad ofrece información sobre varios aspectos que a la larga no ayudan mucho. El conflicto aparece en que se indican varios colores a la vez y el consumidor debe decidir que hacer si tiene una etiqueta con 1 naranja, 2 amarillos, y un verde, o combinaciones similares en donde no coinciden todos los indicadores en el mismo color.
El semáforo es válido para alimentos procesados y no debe aplicarse para alimentos frescos, ni aquellos en que el alimento está formado por un solo elemento (por ej. miel). Tampoco se aplica al café, té e infusiones, a alimentos de tiendas minoristas, a bebidas alcohólicas ni a alimentos cuyo envase no supere los 25 cm2 (por. ej. chucherías o chocolatinas).
El nutriscore califica los alimentos con colores y letras que van de la A hasta la E, siendo la primera de color verde, las centrales naranjas y la E en rojo. Es una calificación muy visual, que funciona de manera similar a un semáforo, simplificándonos la decisión de compra.
Según los estudios científicos, profesionales franceses independientes han creado unos estándares, que clasifican los alimentos por sus componentes y definen que color y letra les corresponden.
Hasta aquí todo parece favorable, el problema es que el Nutriscore no tiene en cuenta el grado de manufactura de los alimentos ni los aditivos que contienen. Esto hace que alimentos como el aceite de oliva o el jamón ibérico, ampliamente analizados científicamente, queden clasificados con el color rojo, con el peor grado de calificación para la salud. Lo mismo sucede con muchos alimentos naturales, que salen clasificados en desventaja con respecto a ultraprocesados.
Otro dato curioso sería mencionar que por ejemplo el semáforo nutricional casi nunca se pone en rojo ya que los fabricantes pueden “manipularlo” según los datos que presentan, de esta forma, por ejemplo refrescos tipo “zero” son calificados con la B mientras que un producto como el aceite de oliva se califica con la D (¡naranja!).
Ante un error tan llamativo como este, sería deseable que la Unión Europea escuchara a los fabricantes y productores que le proponen cambios en el algoritmo para que se valoren otras cualidades y el semáforo resulte más adecuado.
Varias instituciones como la OCU española, la alemana Foodwatch o la Asociación Europea de Consumidores han denunciado estas incongruencias en la valoración y se han hecho propuestas para la modificación del algoritmo en base a evidencia científica de sus bondades para la salud.